Mientras miro al
ocaso acaricio tu frente, noto ese tirón que llega hasta lo más profundo de mis
entrañas, la suave brisa de la primavera nos mece y yo cubro tu cuerpo pegado
al mío con una manta liviana de hilo.
El salitre en el aire
evoca en mí recuerdos de una niñez feliz, nunca tuve demasiado pero jamás me
faltó nada, lo importante siempre estuvo ahí, el cariño de la familia, siempre
juntos ante la adversidad, por supuesto que hubo momentos difíciles pero todos
pasan y al final el amor es lo que perdura.
Te mueves sin llegar
a despertarte, adoro observarte en estos momentos, eres mi todo, la razón de mi
vida.
Tu olor me embriaga,
por muchos momentos felices que pueda recordar ninguno es tan intenso como el
que estoy viviendo contigo.
Levanto mi cara hacia
el cielo, empiezan a aparecer estrellas en esta noche de cielo raso pero
ninguna brilla como tú, tú eres la luz que ilumina mis días, el lucero que guía
mis pasos, por ti moriría una y mil veces.
Estás saciada, retiras
tu boquita de mí y una pequeña gota de
leche desborda por la comisura de tus labios, te la limpio y me limpio yo
también antes de taparme el pecho y colocarte en mi hombro. Te acaricio
lentamente para sacar el aire que hayas podido tragar, eres puro terciopelo
entre mis brazos y vuelvo a pensar que no hay nada mejor en este mundo que
haberte dado a luz.
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